Islamabad tal vez sea la única capital del mundo sin cines ni teatros. En Pakistán las artes escénicas nunca han gozado de un gran predicamento y a menudo han sido reprimidas. Con este panorama, tuvo especial significado la creación de la Academia Nacional de Artes Interpretativas (NAPA, en inglés) en el año 2005, como explica Jordi Joan Baños en un interesante reportaje publicado en La Vanguardia. De la NAPA han salido las dos primeras hornadas de actores formados profesionalmente en el país, así como directores, escenógrafos, músicos o bailarines. Además, la escuela ha desempolvado el repertorio teatral universal que llevaba más de medio siglo en el baúl de los recuerdos: El rey Lear, Macbeth, Medea o La gaviota. "Son historias para todo el mundo, no sólo para europeos", explica el portavoz de la NAPA, Adnan Hussan, "con las que estamos creando un nuevo tipo de público en Pakistán".
"Si le hubiera dicho a mi padre que quería ser actor, me habría echado de casa", bromea este hombre de teatro, que admite que los cambios son lentos y que las profesiones escénicas aquí siguen estando mal vistas. Del total de 90 estudiantes, sólo una decena son chicas. “Si montáramos una obra como Edipo, donde uno se acuesta con su propia madre, ¡nos quemaban el teatro!", explica Waqarnael, un estudiante de interpretación.
El teatro contemporáneo no está en mejor situación que el clásico. La dramaturga quizás más conocida de Pakistán, la también bailarina Sheema Kermani, ni siquiera consigue tener una obra en cartel durante más de diez días y no todos los años. El hecho de que los textos hayan tenido que pasar a veces hasta por siete organismos censores ha conducido a la actual penuria textual, según explica el reportaje. De ahí que casi todo el teatro popular se base en la improvisación y el doble sentido, con resultados a menudo más obscenos, en un país donde la ternura siempre ha tenido muchas más posibilidades de ser censurada que la violencia, el gran filón del agonizante cine autóctono. Para los pakistaníes no hay otra cultura de masas que la procedente de India. Su música y películas inundan los mercadillos, aunque sus títulos están prohibidos en las salas comerciales desde la guerra de 1965, lo que ha llevado al declive de los cines.
Foto: Un momento de la representación de El rey Lear (NAPA/La Vanguardia)